Todas las mañanas lo primero que hace cuando se levanta es mirarse en el espejo.
Ningún atisbo de coquetería.
Su ojo está entrenado para buscarse defectos.
Siempre los encuentra.
Dibuja mentalmente las marcas por donde realizaría la incisión que haría desaparecer toda esa carne inútil, toda esa carne que ella siente muerta.
Su único objetivo, la perfección.
Gira la cabeza, la ve de repente, su presencia le sobresalta.
Es un objeto inerte, mudo, pero a sus oídos llegan los cantos de sirena que le obligan a acercarse, a subirse a la báscula, a mirar el resultado.
39 kilos.
Una sonrisa se dibuja en su cara mientras se toca suavemente la clavícula para reconocer la dureza del hueso.
- 10 gramos menos, piensa, mañana tienen que ser 30
miércoles, 16 de enero de 2008
lunes, 14 de enero de 2008
Exausta
Ella Fitzgerald pide con su voz cascada que le lleven a la luna y Felicia piensa que ella no quiere volar tan lejos. Le bastaría con irse a la cama. Son las nueve y media pasadas y a pesar de los dos cafés que se ha tomado por la tarde no consigue estar alerta. Acaba de corregir y terminar los últimos detalles de una presentación de ventas, mañana madruga para ir a rehabilitación, de allí irá a la oficina a seguir trabajando en la página web y por la tarde volará para llegar a la reunión con Paco. Tiene que acabar a las ocho en punto porque empalma con otra reunión con sus compañeros de máster. La cadencia de la voz de Ella la adormece. No puede escribir ya más nada y, sin embargo, tiene que terminar dos trabajos y escribir un mini guión de teatro. ¿No podrán hacernos un examen como toda la vida? Las campanas del convento repican y Felicia cierra el ordenador. Claudica. Se va a la cama. Últimamente cae rendida demasiado a menudo. Soñará con tarjetas de visitas magenta y vidas con fines de semana para perrear y ver a los amigos.
¿Dónde?
En tus ojos está mi destino
En tu boca está mi respiración
En tu voz está mi libertad
En tu abrazo está mi refugio
En tu camino está mi vida
En tí estoy yo
En tu boca está mi respiración
En tu voz está mi libertad
En tu abrazo está mi refugio
En tu camino está mi vida
En tí estoy yo
jueves, 10 de enero de 2008
Las lágrimas
Ya los hombres habían cavado la cárcava en la que Eusebio descansaría para siempre. Deberíamos haber hecho la fosa junto a un cerezo, pues bajo un cerezo nació. Digo yo que habrá que enterrarle en el camposanto, como a todos los difuntos. Eusebio no era como los demás; era bueno. Qué curioso, siempre le recuerdo siendo viejo. Pues no siempre lo fue, y yo puedo dar fe de ello. Ninguno se había percatado de la presencia de la vieja Emilia. Antes de que la mirasen, tuvo la prudencia de secarse las lágrimas.
Te quedas en casa
Tal vez sea mejor que se quede en casa. Lo mejor para curar una gripe es reposo y tranquilidad.
Mientras Julia cerraba la puerta de la consulta de su médico de cabecera, no pudo evitar que en su dolorida cabeza se agolparan un buen número de pensamientos: la comida que tendría que preparar para el día siguiente, las carencias de su frigorífico, la última letra de la hipoteca, la discusión de su marido con su jefe, las notas de sus dos hijos que tendría que firmar y el regalo para su madre por su setenta cumpleaños.
Definitivamente, el descanso no iba a poder ser. Quizás durante otra gripe.
lunes, 7 de enero de 2008
No dejes de mirarme
Aprovecho la coyuntura para pedirle perdón a Mari por no haber podido quedar con ella. Vivir aquí y no tener vacaciones me lo han hecho imposible. Te debo una visita.
No dejes de mirarme, mientras me mires estaré en tí, en ese pequeño trocito de tu pupila.
Si cierras los ojos, aunque sólo sea un momento, me desvanezco, voy menguando hasta desaparecer.
Por ahora, eso es todo lo cerca que estaré de ti pero pronto te enseñaré mis esquinas, las fronteras que marcan mis huesos y yo encontraré tus rincones y tus recovecos.
Cuento los días, repaso las horas, contabilizo los minutos, me olvido ya de los segundos. Mi cuerpo te espera, mi cabeza te piensa, mi corazón te anhela.
Pero, de momento, por favor, tú no dejes de mirarme.
No dejes de mirarme, mientras me mires estaré en tí, en ese pequeño trocito de tu pupila.
Si cierras los ojos, aunque sólo sea un momento, me desvanezco, voy menguando hasta desaparecer.
Por ahora, eso es todo lo cerca que estaré de ti pero pronto te enseñaré mis esquinas, las fronteras que marcan mis huesos y yo encontraré tus rincones y tus recovecos.
Cuento los días, repaso las horas, contabilizo los minutos, me olvido ya de los segundos. Mi cuerpo te espera, mi cabeza te piensa, mi corazón te anhela.
Pero, de momento, por favor, tú no dejes de mirarme.
El secreto del viento
Al borde del acantilado, Eusebio confesó a su amigo su secreto. Observa, le dijo, hacia dónde te empuja el viento. Hacia el mar. Ahora, mira mi pelo y mi capa. La melena de Eusebio y sus ropas ondeaban furiosamente tierra adentro.
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